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El curioso caso de Benjamin Button

Hace un par de días, leí el cuento de Francis Scott Fitzgerald «El curioso caso de Benjamin Button» que sirivió de punto de partida para la famosa peli, de la que hablé el otro día. Lo he leído en una traducción francesa, por varios motivos: porque me estoy preparando para hacer el examen del DELF y, sobre todo, porque la edición francesa costaba 2€ -y eso por ser aquí, que el precio para Francia es de 1’50€-, mientras que la española, con exactamente el mismo contenido -el susodicho relato y otro, «El diamante tan grande como el Ritz»- valía casi ocho. Confirmación de lo que ya sabía: leer en Francia es más barato que hacerlo aquí. Como dice mi amigo Javi, para saber qué cosas se valoran en un país hay que ver cuáles son baratas. En Francia, los libros y el vino lo son. Un país donde se puede ser feliz.

En cuanto al cuento, lo primero que llamará la atención de quien haya visto la pelicula es la escasa relación entre ambos. Decía antes que el relato es un punto de partida para el film porque efectivamente este toma de aquel poco más que la idea de un hombre que nace viejo para ir rejuveneciendo progresivamente, hasta morir como un bebé. Si nos fijamos en el nivel de lo narrado, poco tienen que ver las vidas del Benjamin Button literario y de su tocayo cinematográfico. Ni abandono por parte del padre, ni padres adoptivos negros, ni residencia de ancianos, ni niña amiga que se convertirá en amada, ni barco, ni Rusia, ni nada de todo eso. El guión es fundamentalmente original y, a la vista de que, como decía el otro día, me pareció bien trabado y capaz de mantener la atención del espectador durante toda la película, esto le añade mérito.

Francis Scott Fitzgerald
Francis Scott Fitzgerald

La otra diferencia, que es la fundamental, y que está en la base de la comentada, es la de tono e intención: el relato de Fitzgerald es básicamente cómico, mientras que la peli es sobre todo un drama, un drama romántico. Lo percibimos desde las primeras líneas, cuando vemos que, a diferencia de lo que pasaba en el cine, este Benjamin Button nace con un metro setenta y cinco de estatura y con un desparpajo envidiable. El núcleo del que surge la comicidad en el caso del cuento es la tensión entre el hecho de que el «niño» es en realidad un septuagenario con todas las características no solo físicas sino de carácter propias de esa edad, y el empeño de su padre en que se comporte como un niño. Como en un cuento de Calders, lo extraordinario viene a turbar la paz de lo cotidiano, pero los personajes lo toman más como una molestia o una ocurrencia impertinente, una mala jugada del destino, que como un hecho verdaderamente sobrecogedor. En el hospital, entre médicos y enfermeras, lo que predomina no es el estupor por un acontecimiento contrario a las leyes de la biología, sino la incomodidad ante este hecho que viene a romper la normalidad.

Para muestra de la diferencia de tono entre el relato y la película, aquí van unos párrafos sacados de las primeras páginas, las que cuentan la «infancia» de Benjamin -cuidado porque traduzco de la, a su vez, traducción francesa:

Un día le llevó un sonajero e insistió fastidiosamente para que lo utilizara: el viejo lo cogía -con un aire resignado- y lo agitaba dócilmente de vez en cuando, a lo largo del día.

Sin embargo, no cabe duda de que el sonajero lo aburría prodigiosamente, y de que, cundo estaba solo, encontraba otros medios, más relajantes, de distraerse.

Así fue que un día, el señor Button constató que su reserva de cigarros había menguado mucho con respecto a la semana precedente -una anomalía que encontró su explicación algunos días más tarde, cuando, entrando inopinadamente en la habitación del niño, encontró a Benjamin aureolado de una nube de humo azul, que intentaba, con aire confuso, esconder entre sus dedos una colilla de habano. Habría merecido una buena zurra, pero el señor Button no pudo resolverse a administrársela. Le advirtió simplemente de que eso iba «a impedirle crecer».

Como decía, es esta diferencia de tono e intencionalidad la que hace que difieran los respectivos argumentos de las obras. Sin embargo, también es cierto que hacia las últimas páginas, cuando Benjamin va entrando en esa extraña vejez que hace de él un niño, el relato adquiere un tono más doloroso: la risa adquiere un matiz más amargo. Si al principio la contradicción entre edad real y aparente servía para crear puros efectos de humor, hacia el final, cuando Button se convierte en un adolescente no solo físico sino mental pero que conserva la memoria de su pasado, la inadecuación del personaje con la realidad que lo envuelve, si bien no deja de ser cómica, se tiñe de cierto patetismo . Button no es quien los demás ven, y le resulta imposible convencer al mundo de quién es y de quién ha sido.

Y es que, al fin y al cabo, el humor es una cosa muy seria. Con este cuento, Fitzgerald está dando otra vuelta de tuerca al viejo tema del conflicto entre el individuo y la sociedad, en última instancia, al del artista y la sociedad. Como el propio Fitzgerald, quien nunca consiguió poder vivir de manera estable de su pluma, que tuvo que luchar para ver publicadas sus obras y escribir a destajo para pagar las facturas del hospital donde estaba internada Zelda, dificultades que solo puedo sobrellevar a base de alcohol; como Fitzgerald, decía, Button es un personaje incapacitado para la vida normal, un personaje que va literalmente a contracorriente. Fitzgerald da el golpe maestro al hacer literal lo metafórico y crear un personaje radicalmente inadecuado para la sociedad, en que el ser y el parecer se mueven en sentidos opuestos.

14 mayo 2009 at 1:51 pm Deja un comentario

Balance cinematográfico del fin de semana

Como he visto demasiadas pelis este fin de semana como para hacer un comentario detallado de cada una, os cuento unas cuantas impresiones rápidas sobre ellas.

 El jueves noche, tocó sesión doble en el D’Or, el único cine de reestreno que queda en Valencia. La cosa empezó con La ola (Die Welle, 2008), la peli sobre un profesor de instituto que, para mostrar a sus alumnos que sería posible que un fenómeno como el de la Alemania nazi se repitiera hoy en día, organiza un experimento de grupo autocrático en su clase. El experimento «triunfa» y los chavales verán de primera mano hasta qué punto es fácil manipular a las personas para que sean capaces de sacrificar al individuo en aras del grupo. Esta reflexión sobre la tensa relación entre individuo y grupo me pareció de lo más interesante de la película: en una sociedad que potencia el aislamiento y el egoísmo, soluciones de tipo autocrático que potencian el sentido de pertenencia al grupo aportan sin duda algo curativo a los más desorientados; por otra parte, la resistencia a entregarse al grupo, ¿es reivindicación de la individualidad o puro egoísmo? Temas secundarios también interesantes: educación, papel del profesor, etc. Algo dispersa en ocasiones, con altibajos en el ritmo. Quizá un final demasiado truculento.  

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Después, El curioso caso de Benjamin Button. Mejor de lo que me esperaba: a pesar de las dos horas y tres cuartos, consigue mantener un ritmo aceptable y una expectativa en el espectador. Resuelve bastante bien el problema de la verosimilitud. Como puntos negativos, los típicos de cierto cine actual: poca capacidad de síntesis, algunos personajes secundarios poco perfilados, a veces poca claridad en cuanto a las motivaciones de los personajes, cierta estética «de anuncio» en ocasiones.  

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Ya en casa, un par de westerns, el género que más me apetece en la actualidad. El viernes, El último tren de Gun Hill, una pequeña obra maestra de John Sturges (el de Los siete magníficos, entre otras), con Kirk Douglas y Anthony Quinn. La película se construye sobre la relación de amistad-antagonismo entre los personajes de esos dos actores. Como en toda tragedia, cada uno de ellos actúa hasta las últimas consecuencias de acuerdo con su deber -en el caso de Douglas, como marido; en el de Quinn, como padre: el objetivo de cada uno solo puede llevarse a cabo anulando al del otro. Imprescindible -como diría un crítico profesional.

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El sábado, El jinete pálido, el western dirigido y protagonizado en 1985 por Clint Eastwood, que abrió el camino del nuevo western, tras unos años en que el género parecía agotado. A pesar de algunos puntos algo negativos -sobre todo la fotografía propia de telefilme y algunos diálogos no demasiado brillantes, por lo menos en la versión doblada que vi-, la peli es recomendable, si bien no me parece tan «obra maestra» como he leído en comentarios por ahí. El personaje de El predicador (Eastwood)  entrará a formar parte de la mitología personal de cualquier aficionado al western que la vea. El argumento repite un esquema habitual en el western, con un ejemplo clásico en Raíces profundas de George Stevens, a la que sigue muy de cerca: un grupo de personajes humildes se engrenta a la voracidad de un magnate que pretende expulsarlos del lugar en que viven para expandir su negocio, en este caso minero. En este contexto, un misterioso personaje, a la vez predicador y pistolero, aparecerá para ayudarlos. Bastantes toques religiosos en la cinta. No quiero destrozarle a nadie la peli, pero digamos que la naturaleza del misterioso Predicador no está clara. Eastwood antológico como siempre en su papel de hombre duro.

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4 mayo 2009 at 12:39 pm 1 Comentario

The Proposition

El sábado por la noche fuimos a la filmoteca a ver The Proposition, una peli de 2005 dirigida por John Hillcoat, con guión del músico australiano Nick Cave. Como soy seguidor de la música de Cave, he de reconocer que iba predispuesto positivamente hacia la peli, por lo que no sé si mi opinión sobre ella será suficientemente objetiva. Pero, si nos quitan el derecho y el placer de entusiasmarnos con lo que nos gusta, ¿qué nos queda? ¿no?

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Pues el caso es que la peli efectivamente me ha entusiasmado. Es una especie de western situado en la Australia colonial. Con el telón de fondo de las matanzas de aborígenes perpetradas por el ejército británico, la cinta cuenta la historia del capitán Stanley, oficial de la policía colonial destacada en una más que sórdida aldea de la llanura australiana, que anda tras los pasos de la banda de los hermanos Burns, culpables del salvaje asesinato de un matrimonio de colonos y la violación de la esposa. Stanley consigue capturar a dos de los hermanos, Charlie [a la izquierda en el fotograma de arriba] y el casi adolescente Mickey, pero decide hacerle una proposición al primero para lograr atrapar al jefe de la banda, el hermano mayor, Arthur [a la derecha en el fotograma de arriba], una especie de psicópata sanguinario que se extasía ante las puestas de sol sin que eso le impida degollar a un hombre con deleite.  Stanley propone a Charlie dejarle en libertad para que busque y mate a su hermano, en un plazo de nueve días. Si no lo hace, el hermano pequeño, apenas un niño, para el que Charlie supone lo más parecido a un padre que tiene, será ejecutado. Charlie acepta la proposición.

A partir de aquí, surgen dos hilos narrativos principales, el de la búsqueda de Arthur por parte de su hermano y el del capitán Stanley, que debe enfrentarse a la estupidez y maldad de sus subordinados, a la presunción y la inquina de un funcionario colonial y a la mirada de su esposa, una mujer que ha dejado atrás Inglaterra para seguir a su marido a estas tierras inhóspitas, donde la sostiene el amor que siente por él.

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El núcleo de la peli reside, pues, en ambos personajes, el capitán Stanley y Charlie Burns. El primero, decidido a «civilizar esta tierra», como dice varias veces, aunque esto le cueste lo único bueno que tiene en su vida, el amor de su esposa. El segundo, viviendo la disyuntiva de salvar a su hermano pequeño, para quien él es lo más parecido que tiene a un padre, y para lo cual tendrá que violar el código de la familia, o mantenerse fiel a él.

Y todo esto, como decía, en  medio de la nada, en un remedo de sociedad trufada por la barbarie, el embrutecimiento y la degradación más absolutas. En ese sentido la película no hace concesiones: la brutalidad de los Burns se ofrece en toda su crudeza, sin paliativos ni justificaciones -en particular en la recta final de la cinta, poco apta para estómagos delicados- pero también la de los británicos que persiguen al asesino de un matrimonio blanco mientras dan órdenes de exterminar a poblados enteros de aborígenes. La cinta abunda en escenas violentas, sangrientas, tratadas de manera estilizada pero cruda (algunas personas en la filmo se tapaban la cara con la programación para no ver según qué cosas).

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Si a esto le añadimos una fotografía muy cuidada, con un tratamiento poético -en el sentido menos banal- del paisaje, el árido paisaje australiano, que actúa como trasunto de la barbarie de los personajes; un buen ritmo narrativo, diálogos concisos y cargados de sentido, y una música a cargo también de Cave, el resultado es una película más que recomendable, una pequeña joya de western contemporáneo.

27 abril 2009 at 2:47 pm 3 comentarios

Todo lo que el miedo esconde

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Ce jour-la j’ai compris que la peur vivait au plus profond de nous-mêmes et qu’une montagne de muscles ou un millier de soldats ne pourraient rien y changer

17 abril 2009 at 3:42 pm Deja un comentario

Con la literatura al cuello

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Parce que moi, je rêve, moi, je ne le suis pas

Parce que moi, j’écris, je ne le suis pas

ou la ballade des pendus dans la baignoire

16 abril 2009 at 10:45 pm Deja un comentario

Luz, cámara, silencio

Aprovechando la postración forzosa en que me tiene una contractura que me ha dado en la espalda, he visto esta mañana Luz silenciosa, una peli de Carlos Reygadas que J. me regaló con ocasión de mi último cumpleaños y que imperdonablemente aún no había visto. En lo que sigue, perdonadme si mi redacción deja que desear, pero es que la espalda me está matando…

La peli se sitúa en México, aunque ahí acaba todo lo hispano de la historia: los personajes son miembros de una comunidad menonita -uno de los grupos surgidos del anabaptismo medieval, como los amish- y hablan en plautdietsch, una especie de dialecto del bajo alemán  que los menonitas han conservado en los distintos lugares donde se han asentado.

La anécdota de la película es decididamente mínima: Johann es un sencillo y bondadoso padre de familia en una comunidad menonita del estado de Chihuahua que está  cometiendo adulterio con otra mujer de la comunidad. Esther, la mujer de Johann, lo sabe. En unas pocas y largas escenas estilisticamente muy cuidadas, vamos viendo cómo Johan intenta encontrar una resolución para su conflicto: seguir con su esposa o empezar una nueva vida con Marianne. Las conversaciones con su amigo y con su propio padre, que además es predicador, sitúan la historia en el marco de la pequeña y cerrada comunidad menonita. Tras un encuentro amoroso con Marianne, ambos deciden que deben dejar de verse, porque la paz es más fuerte que el amor. Poco después, mientras viajan en coche, Johann le confiesa a su esposa ese última encuentro con Marianne. Esther baja del coche, bajo una fuerte lluvia, arranca a llorar al pie de un árbol y muere. La película acaba con la escena del velatorio y el “encuentro” entre ambas mujeres.

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Desde el punto de vista formal, los primeros nombres que vienen a la mente son los de Bergman o Dreyer, y es que la película se inserta con claridad en una poética que podríamos llamar escandinava, una poética del silencio, un silencio de Dios que aquí, a diferencia de lo que pasa en muchas películas de Bergman y a pesar de la coartada religiosa de los personajes menonitas, no apunta tanto a interrogantes religiosos como puramente humanos -al menos tal como yo lo he visto. A este clima de silencio y pureza nórdicos contribuye, claro, la “extraña” lengua en que se expresan los personajes, que resuena en nuestros oidos con la belleza de lo ajeno, como el sueco de Bergman, y contribuye a crear extrañamiento. aunque más que la lengua en sí, lo definitivo sea lo concentrado de los diálogos, escasos pero que, como en el cine de Bergman, son siempre concisos, elusivos, pronunciados sin mirarse a los ojos pero que a la vez desnudan, diálogos en que cada personaje parece proseguir un interminable monólogo personal. La sombra de Bergman también se hace patente en la escena final que trae a la mente Gritos y susurros.

Otro claro referente de Luz silenciosa, en cuanto a esta poética que torpemente intento sintetizar, podría ser Sacrificio de Tarkovski, una peli de la que Raúl podría hablar mucho mejor que yo. Las relaciono no tanto en lo temático cuanto en ese estilo tan luterano en cuanto a la estética o el tratamiento del diálogo o en la presencia callada de los niños.

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Dejando de lado la pedantería de las referencias, queda lo más difícil de explicar: por qué Luz silenciosa me ha parecido una gran película. El preciosismo austero de su puesta en escena, el tratamiento del paisaje, la sensación de que cada plano, cada segundo de la cinta está cuidado, trabajado con amor al cine y respeto para el espectador son tal vez motivos que pueden aducirse, aunque como dice Savater en realidad no se trata de que las ciertas cosas nos gusten por unos motivos sino que más bien buscamos razones para justificar lo que nos gusta porque sí.

15 marzo 2009 at 10:55 pm Deja un comentario


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