En busca del libro perdido

7 febrero 2009 at 6:04 pm 3 comentarios

Esta mañana la he pasado poniendo algo de orden en mi cuarto. He intentado abordar un poco el problema del espacio, porque hace ya tiempo que estoy agotando el espacio que tengo en él para libros. He estado reorganizándolos, llevando unos cuantos a la salita y cambiando de lugar otros. Siempre intento seguir un cierto criterio a la hora de ordenar los libros, por géneros, colecciones, épocas, etc., aunque generalmente los criterios se solapan y muchas veces la colocación de este o aquel libro es más bien arbitraria, lo cual tampoco me desagrada, porque introduce un matiz más personal y temporal en el desarrollo de la biblioteca.

Todo esto viene a cuento de que he estado tomando conciencia de la gran cantidad, los centenares de libros que tengo y no he leído. Generalmente, intento mantener separados los libros que he leído y los que no -aunque después de leer ese bello ensayo de Pierre Bayard, Cómo hablar de los libros que no se han leído, las fronteras entre lectura y no lectura se desdibujan-, pero este último grupo crece tanto que al final me resulta difícil seguir haciéndolo así. Por eso he tomado la determinación de comprar menos libros, lo cual también será beneficioso para mi bolsillo, e instituir una figura a la que he bautizado como lecturas recuperadas: se trata de elegir cada mes una serie de libros de los que hace tiempo, incluso años, que cogen polvo en mis estantes, y leerlos, además de los libros que deba leer en cada momento por motivos académicos o de otra índole.

El objetivo es múltiple: disminuir la proporción de libros no leídos que tengo, con la consiguiente mejora de mi autopercepción como lector, reencontrarme con momentos del pasado a través de lecturas que entonces elegí porque respondían a intereses del momento y que la pereza o la dispersión no me dejaron hacer entonces, e così via.

Los cuatro libros recuperados que he elegido para el mes de febrero son dos novelas, un ensayo y un texto de más difícil clasificación:

  • El buen soldado, de Ford Madox Ford,
  • La España posible en tiempos de Carlos III, de Julián Marías,
  • Camí de sirga, de Jesús Moncada y
  • Vida de Rancé, de Chateaubriand.

En fin, a ver cómo se desarrolla la experiencia. Algunos pensarán que estoy algo sonado por institucionalizar de esta manera algo como las lecturas, pero la cosa nace como parte de un proyecto más global de trabajo sobre la voluntad y el orden, que buena falta me hacen. Ya veremos…

 

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No te añoro ¡Cuán largo me lo bajáis!

3 comentarios Add your own

  • 1. marta  |  8 febrero 2009 en 10:40 pm

    muy interesante..
    por cierto me flipa que recuperes 4 libros! además de las novedades del mes, cuántos lees al mes??

    también hay algo relacionado, las listas de “libros que quiero leer”, no?
    yo tengo 2 ó 3 libretas llenas de títulos que he ido apuntando, pero la verdad es que sólo he tachado una decena o así…
    siempre se te cruzan otros libros por el camino

    leí un artículo de no recuerdo qué escritor español sobre el mismo tema que tratas tú
    no recuerdo muy bien pero quizá te puede servir para la organización:
    contaba que tenía dos estanterías (supongo que gigantes) o incluso bibliotecas… una para los libros que había leído y otra para los que no había leído aún,
    igual que tú, explicaba que la 2ª albergaba cada vez más y más libros, y, angustiado, había hecho un montón de cálculos, que concluían en que moriría dejando centenares de títulos sin haber podido leer…

  • 2. Raúl Sánchez  |  11 febrero 2009 en 6:40 pm

    ¡Hola David!
    Interesante la entrada. Yo a esa idea le vengo dando vueltas desde que leí algo parecido en ‘Los libros en mi vida’ de Henry Miller, en un apartado que hablaba sobre los libros que no se han leído y cómo estos influencian igualmente en todo lector. Es una idea interesante pero fíjate que Ignacio Julià en una crítica sobre el ensayo que mencionas ‘Cómo hablar de los libros que no se han leído’ terminaba tras varios párrafos en los que hacía una jugosa crítica afirmando que al fin y al cabo no lo había leído porque no hacía falta. Yo creo que los libros que tenemos nos hablan de alguna manera y eso es lo triste de cuando se acabe el formato libro como objeto y por lo que soy un radical -y estúpido- al proponerme no bajarme nada de la red. Savater en su ensayo ‘Instrucciones para olvidar El Quijote’ decía que lo primero que había que hacer para olvidar El Quijote era leerlo. Y ese es otro punto aún más interesante. Es una pedantería negar que todos pensamos que hemos leído libros que en realidad no hemos leído -contradictoriamente pedante je, je, pues cuando lo decimos también lo somos- pero es también interesante el hecho de descubrir que, una vez leídos, hay libros -obras de arte en general- que no tienen nada que ver con lo que nos pensábamos -con pocos libros me he reído más que con el propio Quijote, libro que he empezado tres veces y siempre me lo he dejado a unas cien páginas del final para volver a comenzarlo en otra temporada sin tener la sensación de que ‘ya lo he leído’-. Creo que es la clave de que a mí me gusten tanto películas como ‘Papá Piquillo’ u ‘Open Range’ por poner un ejemplo. Lo cierto es que a día de hoy el mundo de la literatura es un mundo chungo, hace poco hubo un artículo interesante en Babelia sobre la crítica literaria afirmando con extrema sensatez que es imposible que nadie -y mucho menos nadie joven- haya leído el ‘todo’ imprescindible para criticar con propiedad y criterio sobre literatura. Sin embargo un treintañero aplicado sí que podía haber escuchado o visto ese ‘todo’ esencial en música o cine. Hacía un poco de trampa al restringirse a la música pop pero lanzaba una idea difícilmente rebatible. Aparte ‘revisar’ cualquier obra de estas materias lleva de treinta minutos a dos horas. Cualquiera de nosotros ha leído varias obras imprescindibles de la literatura universal, pero ya me diréis cuántos hemos leído más de dos veces media docena de novelas de más de trescientas páginas. La vida es corta, David. Hay que leer, oir, ver, vivir lo que nos interesa en el momento. Yo de niño y adolescente leía de manera enfermiza y ahora en cierta manera me arrepiento porque son libros que ‘ya he leído’ y a los que ahora o mañana les sacaría más jugo pero me da más pereza releer. Rompo una lanza por la acumulación de objetos artísticos. Aunque no sa hayan leído, aunque no se hayan escuchado o visto. Nunca sabes cuándo les puede llegar el momento y -casi lo más importante- nunca sabes cuándo vas a tener la obligación de ‘cortar el grifo’ y conformarte con lo que tienes y empezar como tú dices a ‘revisarlo’. Para esos tiempos cuando más amplio sea el arsenal mejor. Quizá el problema es que esos libros que ‘ya tienes’ tienen cierta aura de ‘ya leídos’. Creo que es lo que nos pasa a muchos con la biblioteca de nuestros padres. Puede parecer despilfarro pero muchas veces he comprado en edición de bolsillo barata algún libro que tenía en casa de hace tiempo sólo porque así lo leería con más ímpetu. Por suerte en caso de tragedia siempre nos quedaran las bibliotecas ¿Para cuando una entrada sobre el poso que dejan los lectores en los libros? ¿Es el mismo libro un libro recién comprado que uno que te prestan o que prestas aún tratándose del mismo título?
    Bueno suficiente paliza por hoy, espero que me perdones por la extensión y me comprendas ya que al fin y al cabo ya no tengo blog jejeje

  • 3. David  |  18 febrero 2009 en 10:21 pm

    Hola. Perdonad que no os haya contestado, pero he estado una semana malito y no me había pasado por aquí. Prometo contestaros con más tiempo mañana, que ahora no quiero liarme con el ordenador, que quiero leer un ratejo antes de irme al catre. Un abrazo a los dos y gracias por visitarme.

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