El curioso caso de Benjamin Button

14 mayo 2009 at 1:51 pm Deja un comentario

Hace un par de días, leí el cuento de Francis Scott Fitzgerald «El curioso caso de Benjamin Button» que sirivió de punto de partida para la famosa peli, de la que hablé el otro día. Lo he leído en una traducción francesa, por varios motivos: porque me estoy preparando para hacer el examen del DELF y, sobre todo, porque la edición francesa costaba 2€ -y eso por ser aquí, que el precio para Francia es de 1’50€-, mientras que la española, con exactamente el mismo contenido -el susodicho relato y otro, «El diamante tan grande como el Ritz»- valía casi ocho. Confirmación de lo que ya sabía: leer en Francia es más barato que hacerlo aquí. Como dice mi amigo Javi, para saber qué cosas se valoran en un país hay que ver cuáles son baratas. En Francia, los libros y el vino lo son. Un país donde se puede ser feliz.

En cuanto al cuento, lo primero que llamará la atención de quien haya visto la pelicula es la escasa relación entre ambos. Decía antes que el relato es un punto de partida para el film porque efectivamente este toma de aquel poco más que la idea de un hombre que nace viejo para ir rejuveneciendo progresivamente, hasta morir como un bebé. Si nos fijamos en el nivel de lo narrado, poco tienen que ver las vidas del Benjamin Button literario y de su tocayo cinematográfico. Ni abandono por parte del padre, ni padres adoptivos negros, ni residencia de ancianos, ni niña amiga que se convertirá en amada, ni barco, ni Rusia, ni nada de todo eso. El guión es fundamentalmente original y, a la vista de que, como decía el otro día, me pareció bien trabado y capaz de mantener la atención del espectador durante toda la película, esto le añade mérito.

Francis Scott Fitzgerald
Francis Scott Fitzgerald

La otra diferencia, que es la fundamental, y que está en la base de la comentada, es la de tono e intención: el relato de Fitzgerald es básicamente cómico, mientras que la peli es sobre todo un drama, un drama romántico. Lo percibimos desde las primeras líneas, cuando vemos que, a diferencia de lo que pasaba en el cine, este Benjamin Button nace con un metro setenta y cinco de estatura y con un desparpajo envidiable. El núcleo del que surge la comicidad en el caso del cuento es la tensión entre el hecho de que el «niño» es en realidad un septuagenario con todas las características no solo físicas sino de carácter propias de esa edad, y el empeño de su padre en que se comporte como un niño. Como en un cuento de Calders, lo extraordinario viene a turbar la paz de lo cotidiano, pero los personajes lo toman más como una molestia o una ocurrencia impertinente, una mala jugada del destino, que como un hecho verdaderamente sobrecogedor. En el hospital, entre médicos y enfermeras, lo que predomina no es el estupor por un acontecimiento contrario a las leyes de la biología, sino la incomodidad ante este hecho que viene a romper la normalidad.

Para muestra de la diferencia de tono entre el relato y la película, aquí van unos párrafos sacados de las primeras páginas, las que cuentan la «infancia» de Benjamin -cuidado porque traduzco de la, a su vez, traducción francesa:

Un día le llevó un sonajero e insistió fastidiosamente para que lo utilizara: el viejo lo cogía -con un aire resignado- y lo agitaba dócilmente de vez en cuando, a lo largo del día.

Sin embargo, no cabe duda de que el sonajero lo aburría prodigiosamente, y de que, cundo estaba solo, encontraba otros medios, más relajantes, de distraerse.

Así fue que un día, el señor Button constató que su reserva de cigarros había menguado mucho con respecto a la semana precedente -una anomalía que encontró su explicación algunos días más tarde, cuando, entrando inopinadamente en la habitación del niño, encontró a Benjamin aureolado de una nube de humo azul, que intentaba, con aire confuso, esconder entre sus dedos una colilla de habano. Habría merecido una buena zurra, pero el señor Button no pudo resolverse a administrársela. Le advirtió simplemente de que eso iba «a impedirle crecer».

Como decía, es esta diferencia de tono e intencionalidad la que hace que difieran los respectivos argumentos de las obras. Sin embargo, también es cierto que hacia las últimas páginas, cuando Benjamin va entrando en esa extraña vejez que hace de él un niño, el relato adquiere un tono más doloroso: la risa adquiere un matiz más amargo. Si al principio la contradicción entre edad real y aparente servía para crear puros efectos de humor, hacia el final, cuando Button se convierte en un adolescente no solo físico sino mental pero que conserva la memoria de su pasado, la inadecuación del personaje con la realidad que lo envuelve, si bien no deja de ser cómica, se tiñe de cierto patetismo . Button no es quien los demás ven, y le resulta imposible convencer al mundo de quién es y de quién ha sido.

Y es que, al fin y al cabo, el humor es una cosa muy seria. Con este cuento, Fitzgerald está dando otra vuelta de tuerca al viejo tema del conflicto entre el individuo y la sociedad, en última instancia, al del artista y la sociedad. Como el propio Fitzgerald, quien nunca consiguió poder vivir de manera estable de su pluma, que tuvo que luchar para ver publicadas sus obras y escribir a destajo para pagar las facturas del hospital donde estaba internada Zelda, dificultades que solo puedo sobrellevar a base de alcohol; como Fitzgerald, decía, Button es un personaje incapacitado para la vida normal, un personaje que va literalmente a contracorriente. Fitzgerald da el golpe maestro al hacer literal lo metafórico y crear un personaje radicalmente inadecuado para la sociedad, en que el ser y el parecer se mueven en sentidos opuestos.

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