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Huérfanos

Portada de la edición española de bolsillo de Hijo de Dios

Portada de la edición española de bolsillo de Hijo de Dios

Hace unos cuantos días acabé de leer Hijo de Dios, de Cormac McCarthy, la primera novela de este autor que he leído. Como sabréis, McCarthy se ha hecho algo más conocido de lo que era en España gracias a la adaptación que los hermanos Cohen hicieron de su No es país para viejos, con Javier Bardem en el reparto.

Hijo de Dios cuenta algunos momentos en la vida de Lester Ballard, un ejemplar extremado de eso que en los Estados Unidos llaman white trash: un blanco pobre del sur, con una capacidad intelectual mínima, rozando el idiotismo. Un Cletus cualquiera, vamos. Ballard ha sido desposeído de sus tierras por la justicia y a partir de ese momento vivirá de manera semisalvaje en las montañas del condado de Sevier. Empezará un progresivo camino de degradación que, pasando por la necrofilia y el asesinato, lo va convirtiendo poco a poco, en un monstruo, una especie de ogro de cuento, un ser aparte de cualquier sociedad, de cualquier vínculo afectivo o humano. Un hijo de Dios como cualquiera de nosotros, y por ello mismo tan huérfano como cualquiera.

La novela se construye a partir de breves fragmentos, que van desde una hasta diez o doce páginas, en que se alternan las escenas de la vida de Ballard, referidas por un narrador externo, con otros en que aparecen voces diversas, inidentificadas,  que refieren anécdotas, historias, recuerdos, y van completando el cuadro. La prosa de McCarthy -al menos la prosa del traductor de McCarthy, que en este caso ha sido Pedro Ferrández Aranda- se mueve en un equilibrio entre la sobriedad, la sequedad incluso con la que describe los aspectos más sórdidos de esta existencia desabrigada y malsana, y una tendencia, digamos, poética, una gran capacidad metafórica que se muestra siempre contenida.

Se ha hablado de hiperrealismo a propósito de la obra de McCarthy. Sin entrar en el juego de las etiquetas, sí es cierto que McCarthy plantea situaciones de violencia y degeneración con una gran naturalidad, de una manera muy directa, muy limpia, lo cual contribuye a que su impacto en el lector sea mayor. La conjunción de esta faceta con esa vena casi lírica que también se encuentra en su pluma le da al texto una fuerza narrativa en mi opinión considerable. Puestos a buscar referentes cinematográficos, me venía a la mente una película como Fargo, donde también se percibe esa naturalidad de la violencia que queda tan bien resumida en esa sangre que empapa la nieve.  Por casualidad, mi lectura de Hijo de Dios ha coincidido en el tiempo con la visión de un par de películas de Sam Peckinpah: no me parece aventurado trazar paralelismos entre ambos creadores. La novela de McCarthy tiene bastante de cinematográfico, en el mejor sentido. El imaginario del western, con su épica de los paisajes, la soledad y la violencia tienen un peso importante en el novelista.

Hacia el final de la novela, el sheriff del condado, su ayudante y un anciano de la localidad mantienen una conversación a propósito de hechos sucedidos en el pueblo muchos años antes. El ayudante pregunta al anciano:

¿Cree que la gente de entonces era más miserable que la de hoy?, preguntó el ayudante.

El viejo estaba mirando con detenimiento el pueblo inundado.

No, contestó. No lo creo. Creo que el hombre sigue siendo el mismo desde el día en que Dios hizo el primero.

4 enero 2009 at 5:29 pm 3 comentarios

El traje de los domingos

Cuenta Enrique Fernández Vernet, en el prólogo a su traducción de Un día en la vida de Iván Denísovich de Alexandr Solzhenitsyn que

En 1961 llegaba a la mesa del poeta A. Tvardovski, director de la revista literaria Nóvy Mir, un relato escrito dos años antes por un maestro de escuela de Riazán, un perfecto desconocido. Cuentan que por la noche, cuando estaba leyendo el manuscrito en su casa, Tvardovski se alzó de la cama para ponerse traje y corbata: seguir en pijama le hubiera parecido una falta de respeto.

El manuscrito era, obviamente, el de esa novela de Solzhenitsyn. Al leer esta anécdota, he comprendido perfectamente la necesidad sentida por Tvardovski. Hay libros que nos incitan a presentarnos lo mejor posible ante ellos. Prosas que piden el traje de los domingos.  

26 diciembre 2008 at 2:47 pm 2 comentarios


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